Postrock

Me pidieron un poema y una playlist. Dije que sí a todo, pero la verdad es que no quería estar sola. Confeccionar un poema que no me dieran ganas de quemar, elegir el orden exacto de las canciones, preparar café y sopa, escuchar a los vecinos hacer el amor. Todo eso me llevaría días enteros, y yo tenía que comer. Con pasos ágiles, recorrí mi habitación propia conectada. Un espacio privado y confidencial, como una tumba que alberga a una muerta en vida. Hace dos meses, un hombre estuvo aquí. Una cita breve más con un callado cantante que nunca volvió. No sé si le asustó que mi caos no fuera bello; que me vendiera como ser celestial y se encontrara a alguien enterrado. ¿Qué opinas tú? Tal vez busqué acoso y derribo; no el mío, el de otro: así de grande es mi narcisismo. El resultado es que me han declarado huelga y boicot. Que mías son mis cadenas; que suyos, los juegos. Hay imágenes que no duran. Esta sí: cuerpos lejos, cera que resbala, sonrisas a medio descorchar. Tengo más de trescientos días por delante para moverme entre la espuma vacía de la incomodidad consciente y suficiente. Para regalarle al mundo algo, como hizo Van Gogh, con esos girasoles que no eran suyos.

Deseaba que fuéramos dos corazones contaminados en medio de una ciudad silenciosa. La realidad es que fue tan desagradable como el olor del plástico cuando se descompone, y me estoy preguntando mucho sobre qué es la fe.

No me reconozco en mi yo del año pasado. Creo que eso es bueno. Me he hecho un corta y pega innovador y soy tan contradictoria como los insectos. Ya lo verás. Ya nos veremos.

¿Cómo estás? Hace mucho que no sé de ti. Me ocupé escribiendo malos titulares, posicionando webs, y ejecutando marketing a secas. No tengo perdón ninguno.

No olvido las líneas rotas de tu fémur izquierdo, la espalda torcida, el embiste suave, el olor del ojo, la mirada de la nariz, el apego al todo. Mis piernas cerradas/calladas pegaron un corte súbito a tu jauría de perros. Mis manos frenaron, ¿te gustó eso?

Me he propuesto escribir la continuación de la Historia del Ojo. Me siento espiritualmente afín al conjuro de Bataille.

Me he propuesto capturar mi piel vidriosa en una foto. O dibujarla.

Me he propuesto mejorar mi mala caligrafía, a pesar del derroche.

Me he propuesto más ideas que no cuajan, beber agua potable, dejar de peinarme (horrendamente) y dormir en el suelo.

Cambio el “todo se muere” por el “todo se mueve”, y lo pongo por escrito porque aún soy ingenua, y entreno la inocencia de las últimas veces.

Que este año se contraiga y se expanda con calidez.

Que nos recuperemos de la ceguera parcial, flexibilicemos los límites, saboreemos la amargura y el escozor, tranquilicemos nuestras mentiras y nuestros destellos de mediocridad.

Feliz 2020.

(A los demás les he dictado discursos prehechos con sentimientos reciclados, y eso no es muy sensato tampoco)

A Julia

Hace cinco meses desde la última vez. Recuerdo, de manera difusa, esa tarde. Reviso mis notas. Suelo apuntar mis impresiones siempre que algo inusual interrumpe el flujo de mi rutina. Pero, entonces, mi rutina estaba compuesta de hechos inusuales. Me acostumbré a la monotonía del estrambótico, del histriónico extrovertido que dice que sí a todo lo que implique un movimiento y manifiesta, como si se lo creyera: “Estoy aquí, en la vida, para pasarlo bien”, como si hubiera sido una decisión. Solo quería viajar y tomar cerveza. Fue un período de un aburrimiento profundo e insalvable, en que la mañana y la noche parecían vividas por personas distintas. Pero, esa tarde, Julia me dijo que se iba un año a Finlandia, y que me había dejado su nueva dirección postal dentro de un libro de Roberto Bolaño de la biblioteca municipal.

-El volumen de poesía completa. Página 38 – me dijo, posando un dedo sobre el hueco que hay entre mis cejas. Solo podía pensar en mi piel agrietándose como la de un reptil.

En mis notas de aquella tarde, puse: Julia, reptil, despedida, adiós, adiós, a dios. Como una súplica cristiana. Recuerdo el ocaso escandaloso y la biblioteca como territorio vetado. Soy un imbécil. Dicen que soy como un niño. No es verdad, de niño nada dolía tanto.

Pero hoy hay sombras eléctricas en el cielo. El té está caliente. Las goteras caen elegantemente en los cubos. Todo está en su sitio. Hasta yo. Aún existe la suerte. Ha llegado una carta de Julia, sin remitente. Dentro del sobre, una postal con un paisaje de Lappeenranta. Me imagino a Julia desplazándose 30 kilómetros hasta la frontera rusa; una imagen de una dulzura atroz.

Hay también un collage de nuestras cabezas pegadas a un cuadro de Jan Van Eyck. Ella es la virgen. Yo, el Jesucristo niño. Bolaño es el canciller Rolin. Me hace ilusión. Esto es papel finés, tinta finesa, pegamento finés. Hacía cinco meses que nada me parecía tan sensato. Respiro tranquilo. Salgo. Antes de que termine esta tarde, tengo que encontrar.