Tú y yo, ya no

Me acuerdo del chasquido, del color, de finas líneas desdibujándose, de la rugosidad de mis labios secos al morderlos, de los parásitos del arrepentimiento invadiendo el rostro de mi hermano. Primero, se comieron sus cejas y vomitaron fluidos por sus ojos. Una gota transparente. Dos. Veloces como los años que utilizas para despedirte de alguien. Después, atacaron sus manos. Comenzaron a dar espasmos intentando alcanzarme, con la angustia insoportable de no poder cambiar las condiciones objetivas del espacio-tiempo. Mi cuerpo estaba ahí, físicamente. Sentía la presión de sus yemas. Pero yo estaba lejos, quizá a años luz, y quizá nunca volví. A pesar de las cortas distancias a las que nos somete el mundo material, no podríamos estar más lejos, aún hoy, 20 años después, un cuarto de vida humana, una gota de té derramada desde el pico de las Montañas Amarillas. Recuerdo el golpe violento, brutal, feo, que hizo que me deslizara por el suelo. Un gesto de asco, un aléjate porque contigo aquí, el aire no quiere ocupar su espacio. Recuerdo los juegos de niños que eran fábulas de guerras infinitas.

–Tú y yo ya no somos hermanos –me dijo.

“Qué equivocado estás”, pensé. “Claro que somos hermanos”, pensé. “Déjate golpear, es tu hermano”, pensé. “Tu vida no te pertenece, le pertenece a tu familia”, pensé. “La violencia es un derecho”, pensé. “Honrarás a tu padre y a tu madre, y tu hermano es lo único que quedará de ellos”, pensé. “Te hacen existir porque alguien tiene que lavar los platos y cortarse con los bordes”, pensé.

Reggi

Mucha gente no tiene un mejor amigo. Qué tristeza. Yo ahora sé lo que es eso; antes no. Mi mejor amigo se llamaba Reggi… Reggi Santos. Tenía 35 años y seguía siendo el niño traumatizado que había nacido en una familia de mierda, en un barrio de mierda y en una época de mierda. Aunque físicamente consiguió salir de ahí, la verdad es que la mierda le seguía inundando el corazón. A mí siempre me trató bien, supongo que porque pensaba que yo era lo que él podría haber sido si se hubiera criado en un colegio céntrico de la ciudad y hubiera sido un poco menos consciente de qué significa realmente en este país ser un puto blanco pobre. Sé que Reggi aterrorizaba al resto de mis conocidos, que no entendían qué me fascinaba de él. No era extraño; tenía un temperamento en ocasiones bruto y feo, malvado por ignorante. Su cuerpo estaba tan lleno de cicatrices por las peleas de taberna, y estaba a veces tan delgado, porque no comía, y tan nauseabundo, porque no se duchaba, que yo mismo me sorprendía de lo magnético que a mí me resultaba. Su atractivo carisma natural me hacía olvidar, por ejemplo, la vez, cuando tenía 14 años, en que dejó ciego a un amigo de su padre clavándole la punta de un plátano en ambos ojos, solo porque este había sugerido que a Reggi le gustaba su forma fálica.  Reggi, por su parte, sé que sentía una profunda envidia y admiración por la educación que yo había recibido y se quedaba, en ocasiones, absorto, mirando mi colección de libros, la mayoría de los cuales, para su sorpresa, yo no había leído. Uno de ellos era la Biblia, probablemente el único libro que Reggi tuvo en sus manos durante su infancia. En esos momentos en que sosteníamos, juntos, la palabra de Dios, mi amigo y yo temblábamos de esperanza.

Sé qué Reggi se tomaba demasiado literalmente lo de que el camino de los excesos lleva al palacio de la sabiduría. Recuerdo, como si hubiera sucedido ayer, esa ocasión nefasta en que llegué a su casa y lo encontré boca abajo inconsciente. Antes de darle un bocado a una manzana, el primer alimento que ingería en cuatro semanas, la chupó entera. “Es la primera vez que pruebo el verdadero sabor de una manzana”, dijo, y lloró de felicidad.

Pero el día que más he recreado en mi mente es el día en que Reggi desapareció. Y sin duda, desde que Reggi Santos ya no está, y no sé qué amanecer loco estará persiguiendo ahora mismo, mi vida es infinitamente más blasfema.

Madrigueras artificiales

Juega con las palabras, fuerza a Kafka a cruzar la orilla.

Elogia los días largos y las noches más suaves que las pieles de los ahogados.

Escribe y háblate con voz de ultratumba.

Date instrucciones claras y precisas porque en tu solipsismo eterno te quedaste atrapada en tu cámara de eco.

Rompe el convento por dentro y viste los harapos que le correspondan a tu nivel espiritual.

Di adiós a los desayunos y saluda a la cruz que se eleva en el buffet de los empaches.

Duerme aunque no te duela la espalda.

Ignora los tormentos físicos igual que te curas los tormentos espirituales: con hilo, aguja y ortopedia química.

Deja que fluyan las gotas de cansancio por este ente material, que resbalen hasta los lugares que más te avergüenzan, que marquen el ritmo de la bienvenida solitaria.

Asústate de los rayos que se elevan y refúgiate en las madrigueras artificiales.

Ingéniatelas, porque vas a salir de esta, pero en el peor de los casos, no sabrás cómo, cuándo ni por qué.

Inmaterial

¿Cómo estás? No han sucedido demasiadas cosas desde que nos miramos por última vez. ¿Qué extraño, no? Supongo que mi mundo siempre fue el del solipsismo más aterrador. Últimamente resbalo en los tejados de hogares rotos, esquivo el olor alquitranado de los sentimientos coagulados, y estoy nostálgica por amores no recíprocos que no merecen ni este homenaje.

Sigo intentando terminar de escribir mi novela. Me he atascado en la escena en que la protagonista lanza el tazón de arroz con fuerza a la chimenea. Se le llenan los ojos de cenizas y fantasea con coserse los párpados. Así es de disfuncional: hilo y aguja para cerrar heridas espirituales. No sé cómo resolver el conflicto a partir de ahí. ¿Hay solución para una vida que ha encontrado el sentido en enamorarse de torbellinos y vomitar empachada?

Creo que el lenguaje es una herramienta absolutamente insuficiente e inexacta para expresar nada. Nunca me entendiste. Cada una de mis palabras fueron malinterpretadas. No es mi culpa, no es tu culpa. Es el precio de la vulnerabilidad sometida a los templos construidos sobre lágrimas. La rosa de Pizarnik no es la que nos pulveriza los ojos. Somos nosotros mismos los que fetichizamos el arder de una persona para otra. Te quemé dentro de la piel del oso de Midsommar, y buceé en la viscosidad de la inconsciencia. Buscando la calidez, la hoguera se me fue de las manos, porque aún lo calibro todo midiendo los sabores fuertes de la carne y la fruta.

Echo de menos tu ternura y entusiasmo, pero no encontrar belleza en tu oscuridad desvió nuestros caminos. No ceno en solitario, me acompaña la dulce voz de Chet, mientras retiro una a una las astillas de la piel que cubre mi calavera: they are writing songs of love but not for me… Joder, esa canción sí que parece escrita para mí.

No tomarás nunca en serio nada que no dependa directamente de ti. Ni el amor, ni la amistad, ni la gloria. Qué sabio era Pavese. Como me dijiste, la vida no es una novela. “Si no puedes escribir, ¡vive!”. Me lo pusiste muy fácil: lo nuestro fue dolorosamente artístico, no hubo materialidad. Tenía que aprender esta lección con alguien, y me alegra que haya sido contigo, aunque ojalá no hubiera hecho falta.