Reggi

Mucha gente no tiene un mejor amigo. Qué tristeza. Yo ahora sé lo que es eso; antes no. Mi mejor amigo se llamaba Reggi… Reggi Santos. Tenía 35 años y seguía siendo el niño traumatizado que había nacido en una familia de mierda, en un barrio de mierda y en una época de mierda. Aunque físicamente consiguió salir de ahí, la verdad es que la mierda le seguía inundando el corazón. A mí siempre me trató bien, supongo que porque pensaba que yo era lo que él podría haber sido si se hubiera criado en un colegio céntrico de la ciudad y hubiera sido un poco menos consciente de qué significa realmente en este país ser un puto blanco pobre. Sé que Reggi aterrorizaba al resto de mis conocidos, que no entendían qué me fascinaba de él. No era extraño; tenía un temperamento en ocasiones bruto y feo, malvado por ignorante. Su cuerpo estaba tan lleno de cicatrices por las peleas de taberna, y estaba a veces tan delgado, porque no comía, y tan nauseabundo, porque no se duchaba, que yo mismo me sorprendía de lo magnético que a mí me resultaba. Su atractivo carisma natural me hacía olvidar, por ejemplo, la vez, cuando tenía 14 años, en que dejó ciego a un amigo de su padre clavándole la punta de un plátano en ambos ojos, solo porque este había sugerido que a Reggi le gustaba su forma fálica.  Reggi, por su parte, sé que sentía una profunda envidia y admiración por la educación que yo había recibido y se quedaba, en ocasiones, absorto, mirando mi colección de libros, la mayoría de los cuales, para su sorpresa, yo no había leído. Uno de ellos era la Biblia, probablemente el único libro que Reggi tuvo en sus manos durante su infancia. En esos momentos en que sosteníamos, juntos, la palabra de Dios, mi amigo y yo temblábamos de esperanza.

Sé qué Reggi se tomaba demasiado literalmente lo de que el camino de los excesos lleva al palacio de la sabiduría. Recuerdo, como si hubiera sucedido ayer, esa ocasión nefasta en que llegué a su casa y lo encontré boca abajo inconsciente. Antes de darle un bocado a una manzana, el primer alimento que ingería en cuatro semanas, la chupó entera. “Es la primera vez que pruebo el verdadero sabor de una manzana”, dijo, y lloró de felicidad.

Pero el día que más he recreado en mi mente es el día en que Reggi desapareció. Y sin duda, desde que Reggi Santos ya no está, y no sé qué amanecer loco estará persiguiendo ahora mismo, mi vida es infinitamente más blasfema.

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