Tú y yo, ya no

Me acuerdo del chasquido, del color, de finas líneas desdibujándose, de la rugosidad de mis labios secos al morderlos, de los parásitos del arrepentimiento invadiendo el rostro de mi hermano. Primero, se comieron sus cejas y vomitaron fluidos por sus ojos. Una gota transparente. Dos. Veloces como los años que utilizas para despedirte de alguien. Después, atacaron sus manos. Comenzaron a dar espasmos intentando alcanzarme, con la angustia insoportable de no poder cambiar las condiciones objetivas del espacio-tiempo. Mi cuerpo estaba ahí, físicamente. Sentía la presión de sus yemas. Pero yo estaba lejos, quizá a años luz, y quizá nunca volví. A pesar de las cortas distancias a las que nos somete el mundo material, no podríamos estar más lejos, aún hoy, 20 años después, un cuarto de vida humana, una gota de té derramada desde el pico de las Montañas Amarillas. Recuerdo el golpe violento, brutal, feo, que hizo que me deslizara por el suelo. Un gesto de asco, un aléjate porque contigo aquí, el aire no quiere ocupar su espacio. Recuerdo los juegos de niños que eran fábulas de guerras infinitas.

–Tú y yo ya no somos hermanos –me dijo.

“Qué equivocado estás”, pensé. “Claro que somos hermanos”, pensé. “Déjate golpear, es tu hermano”, pensé. “Tu vida no te pertenece, le pertenece a tu familia”, pensé. “La violencia es un derecho”, pensé. “Honrarás a tu padre y a tu madre, y tu hermano es lo único que quedará de ellos”, pensé. “Te hacen existir porque alguien tiene que lavar los platos y cortarse con los bordes”, pensé.

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